La fábrica que recicla vidas


Volantín, marzo 2006

En la avenida Ejército del Norte al 1.000 hay un galpón habitado por parvas de botellas de plástico. Además, un hombre las separa por color. Están machacadas. Un chico con ropa de trabajo sucia se acerca para conversar. Es Pablo Paiz Magli. El joven tiene 24 años y, junto con su socio Javier Pérez, de 27, dirigen una empresa de reciclado de basura. “Acá todos trabajamos juntos”, afirma Paiz Magli.
El negocio empezó hace un año y medio, en la casa matriz donde tienen la maquinaria para prensar y empaquetar las botellas.
“Tenía un galpón y un camión viejo que había heredado de mi padre. El local queda en Villa 9 de Julio, que es una zona bastante peligrosa; también viven personas de bajísimos recursos. Queríamos poner un negocio, pero no era fácil, porque tenía que ser compatible con el área. También sabíamos que queríamos ayudar a preservar el medio ambiente”, explica el joven.
El comienzo Así empezó a funcionar PET (Punto Ecológico
Ambiental), la recicladora que tiene 20 empleados e, indirectamente, da trabajo
a 180 carros que recogen botellas. “Los primero tres meses no se movía nada. Los carreros pasaban de largo, ni nos miraban. Entonces, empezamos con mi socio a ir casa por casa recolectando los envases de plástico que deshechaban. Hoy juntamos cerca de tres toneladas por día”, afirma con orgullo.
Paiz Magli se recibió de Martillero Público Nacional, pero no ejerce la profesión. “Es muy feo tener que ir a sacarle a alguien sus bienes. Tampoco me gustó el ambiente. Ahora, con este emprendimiento, estoy feliz; duermo en paz. Dejé todo por esto, como la facultad, el rugby… a mis amigos los veo una vez por semana”, confiesa el martillero, que no tiene reparos en contar
que se pasó un mes escarbando los deshechos, en un basural de Alberdi para enseñarle
el oficio a sus trabajadores.
El material que se procesa en la firma es mandado a Buenos Aires, en donde es reciclado.
Con él luego se confeccionan telas (como el polar), cuerdas, redes y botellas.

“Mucha gente fue rescatada con este trabajo. La vida de los chicos con carencias consistía en pasársela en los semáforos y en las esquinas mendigando. A veces me pedían una moneda, pero yo les decía ‘no te voy a dar plata, vení a ayudarme en la empresa y juntate un dinero’. Así empezaron muchos. Ahora no se drogan, no toman y no roban. Cuando los amigos los invitan a tomar o les piden que hagan algunos trabajillos les contestan ‘nandinga’(no) porque quieren cuidar el trabajo. Varios que habían abandonado a sus familias volvieron a casa con sus mujeres, recompusieron sus hogares”, afirma el emprendedor.
Según el empresario, los chicos, cuyas edades oscilan entre los 18 y los 30 años, trabajan también porque alguien, finalmente, les abrió las puertas de su casa; les dio un espacio y los hizo sentirse útiles.
“Esta gente marginada muchas veces fue discriminada. Los miraban con mala cara cuando pedían trabajo. Nunca nos faltó nada de la fábrica, nos tratan con mucho respeto. Son muy leales. En el galpón comemos todos juntos. Trabajamos codo a codo”, confiesa.

Testigos del bienestar


Miguel Farías tiene 33 años y hace poco que trabaja en la compañía, pero su vida ya es otra. Antes solía limpiar vidrios en los semáforos. Con el nuevo trabajo de reciclaje de botellas asegura haber conseguido estabilidad económica para llevar comida a su hogar cada día.
Teté, una vecina de la zona, llega al galpón cargando botellas de lavandina. “Después de que los chicos llegan de la escuela salimos con el carrito a recolectar envases. Con lo que gano acá les compro comida para que puedan seguir estudiando”, indica la mujer.
PET no sólo da trabajo a la gente que recolecta envases: Carmen, una vecina del barrio, les cocina todos los días. “Estábamos cansados de comer comida chatarra.
Un día vino una vecina, que nos dijo que había sido cocinera de una conocida parrillada del centro. Ofreció sus servicios y nosotros chochos. Hoy, por ejemplo, cocinó ñoquis con pollo”, detalla el joven patrón, que confiesa detestar que los empleados lo llamen de esa manera.
Según el veinteañero, el proceso humanista que se genera en la empresa es parecido al del reciclado del plástico. “Estamos todos interconectados. Nosotros necesitamos de los carreros para vivir y ellos de nosotros”, sostiene, mientras señala al logo de la empresa, una triángulo formado con flechas que simplifica el concepto de retornabilidad: uno da y siempre vuelve.

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2 Comments:

At 9:58 p. m., Blogger ©Iv4n4 said...

Maravillosa la nota. Muchas gracias por compartilra, realmente me encantó enterarme de algo tan bueno, para la gente y para el medioambiente. Ojalá se contagie.

 
At 7:47 p. m., Blogger Luciana Poliche said...

Gracias Ivi. Creo que lo hacen los chicos es un buen ejemplo de como estar en armonía con el medio y los demás (ahí esta bien usado el demás). Me alegro que te gustó. Besos.

 

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